sábado, 22 de marzo de 2008

LA PLAZA DE SAN JOSÉ

Ayer había procesión en San José. Y digo había porque no se pudo completar, dado que comenzó a llover. Sobre cómo coadyuva el grupo de gobierno con los actos de Semana Santa del municipio, mejor me reservo la opinión, dado que es imposible opinar sobre lo inexistente. Además, aún estamos en días santos, y algunas personas aún respetamos las tradiciones. Mañana hablaré, una vez más, de cómo organiza el grupo de gobierno el protocolo de las celebraciones. Pero no puedo dejar de referirme a la plaza de San José. El mobiliario urbano aquí se ha colocado como una trampa, porque se ha colocado de manera permanente. Los maceteros de hierro obstaculizan, conjuntamente con los pilones también de hierro, tanto la entrada como la salida a la plaza por la que ha sido siempre la entrada principal a las personas, salvo que circulen en fila india, de uno en uno. Así que una procesión no puede entrar ni salir por allí, sino por la trasera de la plaza. Incalificable. Lo único que se me ocurre decir es que no hay cabeza, ni siquiera para tomar estas pequeñas decisiones municipales... Y siete personas, siete concejales, cobrando del erario público, esto es, de todos nosotros, para hacer chafalmejadas como esta... Y las contribuciones que suben para pagarles, y el dinero cobrado incorrectamente del agua no consumida sin devolverse a los vecinos.... Éste es el desgobierno municipal que tenemos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Mi recuerdo llega lejos cuando de la Plaza de San José se trata. Atrás quedaron las corridas de sortijas donde cada joven pretendía ser el mejor cabalgando a lomos de una bestia, que dicho sea de paso, daba vistosidad a las fiestas, a la vez que las jóvenes posaban sus ojos sobre el más engalanado, el más fuerte, el más valiente... el más apuesto. El quiosco de la plaza se improvisaba con tablones de madera unidos, así se esperaba, con grandes clavos que alguna vez y por escasez serían tachas más que grandes clavos. No podía faltar el ventorrillo con el garrafón de vino del que salía la manguera típica para despachar vaso tras vaso de tan oloroso líquido. Alguna copita de anís del Mono o de La Mocita y algunos manises que había que descascarar sobre las mesas situadas alrededor del improvisado templete. Descascarando manises se nos iba la tarde y de paso los nervios cuando estábamos pretendiendo. Eran otros tiempos. No los echo de menos, se lo aseguro. Pero los tengo tan vivos en mi memoria que no me queda más remedio que recordar una de tantas fiestas en donde la gente quiso seguir los pasos del Sr. cura párroco del momento, y que tuvo la certera idea de subir a la parte alta del quiosco para ver mejor el panorama desde lo alto. Probablemente la banda interpretaba y las chicas "ligaban" cogidas unas del brazo de las otras dando vueltas alrededor de la plaza. Mientras, los mayores visualizaban tal panorama desde lo alto del templete y al lado del Sr. cura. Pero ni las tachas, ni los clavos, ni las tablas, ni los tablones pudieron con el peso de semejante gentío apoyado al mismo lado de la baranda .El improvisado quiosco se vino abajo y con él toda la gente que contemplaba el panorama desde las alturas. Creo que no hubo desgracias. Dios protege a inocentes. Pero pudo ocurrir, por no haber calibrado el peso, la altura y las condiciones para las que fue hecho el tal templete.

Muchos años han pasado de eso, por mi cálculo más de 55 años. Y miren ustedes si las cosas han cambiado que tal vez me pueda dar un leñazo en esas jardineras tan modernas, que colocadas con decoro no son muy acertadas. A veces hay que pensar un poco con la cabeza y ponerse sólo en el lugar del otro, para ver lo que es mejor para todos. No quisiera quedar para el recuerdo de una canción como le pasó en su momento al Sr. cura.

A saber" En la Guancha siembran flores, en San Juan siembran bubangos, y en el quiosco de San José se quedó el cura colgando".

Por Dios, hagan las cosas con cabeza.